Siento que no soy inteligente: la verdad oculta detrás de tus notas escolares

Quiero que seas sincero contigo mismo por un momento. ¿Alguna vez has mirado un boletín de notas, lleno de números rojos o calificaciones mediocres, y has sentido un nudo en el estómago? ¿Esa sensación fría y pesada que te dice: «Lo siento, pero no eres lo suficientemente bueno»?

Si has llegado hasta aquí buscando en Google «siento que no soy inteligente», déjame decirte algo antes de empezar: te entiendo perfectamente. Y lo más importante: no estás solo.

Vivimos en una sociedad que nos ha entrenado para creer una gran mentira. Desde que somos muy pequeños, nos meten en una habitación, nos sientan en filas y nos dicen: «Si memorizas esto y lo repites bien en un papel, eres listo. Si no puedes hacerlo, eres tonto».

Es brutal. Es directo. Y duele mucho.

Quizás eras el niño que miraba por la ventana imaginando historias mientras el profesor explicaba álgebra. Quizás eras la niña que no podía estarse quieta en la silla porque su cuerpo le pedía movimiento, pero te castigaban por no prestar atención a la clase de historia. O quizás, simplemente, no entendías por qué tenías que aprender cosas que no te importaban en absoluto.

Esa experiencia repetida año tras año, examen tras examen, crea una herida. Te convences de que hay algo mal en tu cerebro. Ves a otros compañeros sacar sobresalientes sin esfuerzo y piensas: «Ellos tienen el don. Yo no».

Pero tengo una noticia increíble para ti. Una noticia que, si la abrazas de verdad, puede cambiar tu vida desde hoy mismo.

Esa sensación de falta de inteligencia no es un reflejo de tu realidad. No es una verdad sobre tu capacidad. Es, simplemente, un fallo del sistema. Un fallo de diseño de la escuela tradicional.

Hoy vamos a hablar de Ken Robinson y su maravilloso libro El Elemento. Vamos a desmontar, pieza por pieza, esa idea de que «no eres listo» y vamos a descubrir juntos dónde se esconde tu verdadero genio. Prepárate un café, relájate y lee esto con calma, porque vamos a cambiar la forma en que te ves a ti mismo.

Cambia la pregunta: el error de medir cuánto sabes

El primer paso para sanar esa herida escolar es entender que nos estamos haciendo la pregunta equivocada. Llevas años, quizás décadas, preguntándote: «¿Cuánto soy de inteligente?».

Esta pregunta es una trampa. Asume que la inteligencia es una cantidad. Como si fuera gasolina en un depósito: o tienes el depósito lleno (eres un genio) o lo tienes vacío (eres tonto). Y la vara de medir para saber cuánto tienes son los exámenes, los test de coeficiente intelectual y las notas de la escuela.

Ken Robinson nos propone algo revolucionario. Él dice que debemos tirar esa pregunta a la basura. La pregunta real que debes hacerte es: «¿De qué modo soy inteligente?».

Qué significa esto realmente

Significa que la inteligencia no es una línea recta. No es solo saber hacer raíces cuadradas o analizar oraciones sintácticas. La inteligencia humana es como un bosque diverso, no como una regla de medir.

Piensa en esto:

  • Hay personas que piensan en imágenes (arquitectos, diseñadores).
  • Hay personas que piensan en sonidos (músicos, compositores).
  • Hay personas que piensan con el cuerpo y el movimiento (bailarines, cirujanos, deportistas).
  • Hay personas que piensan en emociones y conexiones humanas (psicólogos, líderes, vendedores).

Tu acción para hoy

Deja de mirar tus viejas notas de matemáticas como si fueran una sentencia de muerte. Acepta que tu cerebro puede funcionar de una forma diferente. Quizás tu inteligencia es visual, auditiva o kinestésica (de movimiento). Las notas escolares solo miden una fracción minúscula de lo que un ser humano puede hacer. Si te juzgas solo por eso, es como juzgar a un pez por su capacidad para trepar árboles. El pez vivirá toda su vida creyendo que es un inútil.

Entiende por qué el colegio te falló a ti

Esto no es para que te pongas en modo víctima, sino para que entiendas el contexto. Muchas veces pensamos: «El colegio es sagrado, si yo fallé allí, el problema soy yo». ¡No!

Robinson lo explica con una claridad aplastante: los colegios actuales se diseñaron en el siglo XIX. ¿Y qué pasaba en ese siglo? La Revolución Industrial.

La fábrica de estudiantes

El sistema educativo se creó para producir trabajadores para las fábricas y burócratas para las oficinas. No se creó para formar bailarines, ni artistas, ni inventores locos, ni gente con inteligencia emocional.

Por eso existe una jerarquía que todos conocemos de memoria:

  • Arriba del todo: Matemáticas, lenguas y ciencias. (Lo que necesitaba la industria).
  • En medio: Humanidades (Historia, geografía).
  • Abajo del todo: Artes (Música, pintura, teatro, danza).

Si tu talento natural estaba en la parte baja de esta lista (las artes o el movimiento), el sistema te decía automáticamente que no eras inteligente. Pero no era verdad. Simplemente, tu talento no era «útil» para una fábrica de 1850.

Por qué esto es importante para ti

Reconocer esto te libera. Te quita un peso enorme de encima. Tus notas bajas no significan que tu cerebro no funcione. Significan que tu cerebro no estaba diseñado para ser un engranaje más en una cadena de montaje antigua. Tienes que dejar de culparte. El sistema valoraba que todos fuéramos iguales (estandarización), pero tú eres único. Y eso es bueno.

Historias reales de genios que eran “malos estudiantes”

A veces necesitamos ver ejemplos para creerlo. El libro El Elemento está lleno de historias de personas que se sentían exactamente como tú ahora mismo. Personas que pensaban: «Siento que no soy inteligente», pero que luego demostraron al mundo lo contrario.

Gillian Lynne: la niña que no podía quedarse quieta

Gillian era un desastre en el colegio. Los profesores llamaron a su madre y le dijeron: «Esta niña tiene un problema de aprendizaje. No presta atención, se mueve todo el rato, molesta». Hoy en día, probablemente la habrían medicado por TDAH.

Su madre la llevó a un especialista. El médico, muy sabio, observó a Gillian. Luego, puso la radio y salió de la habitación con la madre, diciéndole: «Mirela». Gillian se levantó y empezó a moverse al ritmo de la música con una gracia increíble.

El médico dijo: «Señora, su hija no está enferma. Su hija es bailarina».

Gillian Lynne se convirtió en una de las coreógrafas más importantes de la historia, responsable de obras como Cats y El Fantasma de la Ópera. En una escuela normal, fracasaba porque necesitaba moverse para pensar. En una escuela de danza, brilló.

Mick Fleetwood: el ritmo contra las matemáticas

El famoso batería de Fleetwood Mac ha contado muchas veces que el colegio fue una pesadilla para él. No entendía nada. Se sentía completamente estúpido. Las matemáticas eran como un idioma alienígena.

Sin embargo, tenía una inteligencia rítmica y musical fuera de lo común. Su cerebro entendía patrones complejos de sonido que otros no podían ni imaginar. Su éxito llegó cuando dejó de intentar ser un académico y se abrazó a su batería.

Matt Groening: el dibujante aburrido

El creador de Los Simpson se aburría mortalmente en clase. Se pasaba el día haciendo garabatos en los márgenes de los cuadernos. Sus profesores le decían que dejara de perder el tiempo y hiciera algo «serio».

Si Matt hubiera hecho caso a sus profesores y hubiera intentado ser abogado o contable, hoy no tendríamos a Homer Simpson. Su inteligencia era creativa y narrativa, no académica.

La lección: Si tus notas no fueron brillantes, tal vez sea porque tu inteligencia es creativa, física, musical o interpersonal. Áreas que el colegio suele ignorar, despreciar o incluso castigar.

Cómo encontrar tu propio elemento

Vale, ya hemos entendido que el colegio no tenía razón. Pero ahora viene la parte práctica: ¿Cómo descubres en qué eres inteligente tú? ¿Cómo dejas de sentirte menos que los demás?

Robinson llama a esto encontrar tu Elemento. Es el lugar mágico donde se cruzan dos cosas:

  • 1. Lo que te encanta hacer (Pasión): Aquello que harías gratis.
  • 2. Lo que se te da bien (Capacidad natural): Aquello que captas rápido, casi por intuición.

El test de la energía

Para encontrar tu Elemento, no necesitas hacer un examen. Necesitas observar tu energía. Hazte estas preguntas:

¿Qué actividades te cargan las pilas? Hay cosas que, cuando las hacemos, nos dejan agotados (para mí, por ejemplo, es hacer la declaración de la renta). Pero hay otras que nos dan energía.

Fíjate también en el tiempo. ¿Cuándo entras en «La Zona»? Ese estado mental donde te pones a hacer algo y, cuando miras el reloj, han pasado cinco horas pero a ti te han parecido cinco minutos.

Ejercicio práctico para ti

Cierra los ojos y recuerda. ¿Cuándo fue la última vez que perdiste la noción del tiempo? ¿Qué estabas haciendo?

  • ¿Estabas cocinando e inventando una receta? (Inteligencia creativa y sensorial).
  • ¿Estabas arreglando el motor de una moto? (Inteligencia mecánica y lógica).
  • ¿Estabas consolando a un amigo y dándole consejos? (Inteligencia emocional y empática).
  • ¿Estabas organizando un viaje para todo el grupo? (Inteligencia logística y de liderazgo).

Ahí, en esas actividades, reside tu verdadera inteligencia. No en un boletín de notas de hace 15 años.

Busca a tu tribu: no estás loco, estás en el lugar incorrecto

Otro punto clave del libro es la importancia de la «Tribu». A veces sentimos que no somos inteligentes simplemente porque estamos rodeados de personas que no valoran ni entienden nuestras habilidades.

Imagínate a un cómico genial atrapado en una convención de contables serios. Si el cómico hace un chiste y nadie se ríe, empezará a pensar que no es gracioso. Empezará a dudar de sí mismo. Pero si pones a ese mismo cómico en un club de comedia, será el rey. Será un genio.

La validación lo cambia todo

Si te gusta la mecánica, tu tribu no está en una clase de literatura. Está en un taller. Si te gusta el diseño, tu tribu no está entre gente que solo valora las hojas de cálculo excel. Está en un estudio creativo.

Cuando encuentras a tu tribu, ocurren tres cosas maravillosas:

  1. Validación: Te das cuenta de que no eres «raro», hay otros como tú.
  2. Inspiración: Te motivan a mejorar porque hablan tu mismo idioma.
  3. Alquimia: Juntos lográis cosas que solos no podríais.

Tu tarea es salir ahí fuera y buscar a gente que comparta tus pasiones. Hoy en día, con Internet, es más fácil que nunca. Busca grupos, foros, clubs, asociaciones. Ve donde esté tu gente.

Conclusión: tu inteligencia no es un número

Quiero terminar recordándote una frase poderosa de Ken Robinson: «Todos nacemos con grandes talentos naturales, y a medida que pasamos más tiempo en el mundo perdemos el contacto con muchos de ellos. Irónicamente, la educación es una de las principales razones por las que esto ocurre».

Si sientes que no eres inteligente, por favor, detente. No aceptes esa etiqueta. Recházala con fuerza.

Has pasado demasiado tiempo juzgándote con las reglas de un juego que estaba amañado en tu contra. Es hora de cambiar de juego. Es hora de explorar, de probar cosas nuevas, de mancharte las manos y de encontrar qué es lo que hace cantar a tu corazón.

No es que no seas inteligente; es que tu tipo de inteligencia, esa chispa única que tienes, no estaba en el temario del examen de matemáticas. Y eso no es culpa tuya. Pero ahora, como adulto, sí es tu responsabilidad salir a descubrirla.

Tienes un talento. Tienes un Elemento. Ve a por él.

¿Te ha servido este cambio de perspectiva? En la página principal tengo muchas más herramientas sencillas para ayudarte a crecer.

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